viernes, 31 de diciembre de 2010

Llegamos al final de otro año!!!

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apo_3:20).

Llegamos al final de otro año, y todavía el paciente Salvador está a la puerta del hombre, buscando entrar. Ha estado afuera ya por largo tiempo. Cualquier otro se habría dado por vencido hace tiempo y habría dado media vuelta. Pero no así con el Salvador, él es sufrido y no quiere que nadie perezca. Aguarda con la esperanza de que un día la puerta se abra y él sea bienvenido en el interior.


Es sorprendente que muchos no respondan de inmediato al llamado del Señor Jesús. Si fuera un vecino el que llamara, la puerta se abriría rápidamente. Si se tratara de un vendedor, alguien al menos tendría la cortesía de abrir la puerta y decirle: “¡No queremos nada!” Ciertamente si fuera el rey, presidente o aun el alcalde, los miembros de la familia lucharían entre sí por el privilegio de darle la bienvenida. Es extraño, entonces, que cuando el Creador, Sustentador y Redentor está en la puerta, se le trate fría y silenciosamente.

El rechazo del hombre es tanto más irracional cuando comprendemos que el Señor Jesús no viene para robar sino para dar, y para dar vida abundante.
Una noche, un radioyente llamó a un predicador que daba mensajes en la emisora, diciéndole que deseaba hacerle una visita. El predicador probó toda clase de excusa para disuadirle de venir, pero finalmente cedió. Como resultado, el visitante llegó con un enorme regalo de dinero para ayudar con los gastos de la radio. Después que se hubo marchado, el predicador dijo: “Estoy contento de haberle dejado entrar”.
Joe Blinco acostumbraba describir una escena, en la que se mantenía una animada conversación en la estancia de una casa. Repentinamente llamaron a la puerta principal. Un miembro de la familia dijo: “Hay alguien en la puerta”.

Otro se levantó de un salto, fue a la puerta y abrió. Entonces otro preguntó: “¿Quién es?” Desde la puerta vino la respuesta. Finalmente el padre de familia ordenó en voz alta: “Dejadle entrar”.
Este es el evangelio en resumen. ¡Escucha! Hay Alguien en la puerta. ¿Quién es? Es el Señor de la vida y la gloria, Aquel que murió como Sustituto por nosotros y resucitó al tercer día, Aquel que ahora está entronizado en la gloria y viene pronto a recoger a Su pueblo para que viva con él eternamente. ¡Díle que entre!

jueves, 18 de noviembre de 2010

que nadie estropee tu fe!!!

“Tened cuidado, que nadie estropee vuestra fe con intelectualismo o locuras grandilocuentes. ¡éstas están fundadas en las ideas que tienen los hombres acerca de la naturaleza del mundo y no toman en cuenta a Cristo!” (Col_2:8 parafraseado por Phillips).

La palabra griega que Phillips traduce como “intelectualismo” es la misma de la que proviene la palabra “filosofía”. Básicamente significa amor por la sabiduría, pero más tarde adquirió otro significado, es decir, la búsqueda de la realidad y el propósito de la vida.

La mayoría de los filósofos se expresan en un lenguaje complicado y grandilocuente. Sus palabras, incomprensibles para una persona normal; apelan a aquellos que les gusta emplear su poder intelectual para revestir las especulaciones humanas con palabras difíciles de entender.
Francamente, las filosofías humanas no sirven de mucho. Phillips se refiere a ellas como “intelectualismo y locuras grandilocuentes”. Están basadas en las ideas que tienen los hombres acerca de la naturaleza de las cosas, y ellos no hacen caso de Cristo. Se cita al famoso filósofo Bertrand Russell, que decía al final de su vida: “La filosofía ha demostrado ser un fracaso para mí”.
Al cristiano sabio no se le puede engañar con las locuras grandilocuentes del seudo intelectualismo de este mundo. Se niega a inclinarse ante al altar de la sabiduría humana. Por el contrario, sabe bien que todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento se encuentran en Cristo. Así que, pone a prueba todas las filosofías humanas por medio de la Palabra de Dios y como resultado, las rechaza porque ve que se oponen a las Escrituras.

No cambia de parecer cuando los filósofos salen en primera plana con algún nuevo ataque contra la fe cristiana. Es suficientemente maduro para juzgar y percatarse de que no puede esperar nada mejor de ellos.
No se siente inferior por no poder conversar con los filósofos utilizando palabras de muchas sílabas o seguirles en sus razonamientos complicados. Se siente desconfiado ante la incapacidad de ellos para dar a conocer su mensaje con sencillez y se regocija de que el evangelio puede entenderlo el hombre común, por ignorante que éste sea.

Detecta en los filósofos la trampa de la serpiente: “...seréis como dioses” (Gen_3:5). El hombre es tentado a exaltar su mente y sus poderes intelectuales por encima de la mente de Dios. Pero el cristiano sabio rechaza la mentira del diablo. Derriba argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios (2Co_10:5).

jueves, 4 de noviembre de 2010

“El mayor de ellos es el amor”
(1Co_13:13).

El amor es el poder conquistador en un mundo de odio, contiendas y egoísmo. Puede hacer lo que ninguna otra virtud puede lograr; en ese sentido es la reina de las gracias. El amor devuelve los improperios con bondades y ora pidiendo misericordia por sus verdugos. Actúa desinteresadamente cuando todos los de su alrededor vociferan por sus derechos. Da hasta que no puede dar más.

Un hindú guiaba a su elefante por la calle, aguijoneándole continuamente para que aumentara la velocidad. Repentinamente la aguijada de metal resbaló de su mano y cayó con fuerte estruendo sobre el suelo. El elefante, dando media vuelta, levantó la aguijada con su trompa y la devolvió a su amo. El amor es así.
En una de las fábulas de Esopo, había una contienda entre el sol y el viento acerca de quién podría hacer que un hombre se quitara el abrigo. El viento sopló furiosamente, pero cuanto más soplaba, el hombre más se apretaba el abrigo. Entonces el sol echó sus rayos sobre aquel hombre, y éste se quitó el abrigo. Lo hizo cambiar de parecer por medio del calor. El amor es así.
Sir Walter Scott arrojó una vez una piedra a un perro callejero, con tal fuerza y precisión que le rompió una pata. Mientras Scott miraba con remordimiento, el perro cojeó hasta él y lamió la mano que había arrojado la piedra. El amor es así.

Stanton lanzaba amargas invectivas contra Lincoln llamándole “patán vulgar y zorro” y “el gorila original”. Decía que había que estar loco para ir a Africa a buscar un gorila, cuando había uno en Springfield. Lincoln volvió la otra mejilla. De hecho, más tarde designó a Stanton como Ministro de Guerra, insistiendo en que era el hombre más calificado para el trabajo. Cuando Lincoln fue asesinado, Stanton permaneció al lado del cuerpo sin vida, llorando abiertamente y diciendo: “Aquí yace el gobernante más grande que el mundo haya visto jamás”. Lincoln le había conquistado volviendo la otra mejilla. El amor es así.
E. Stanley Jones escribió: “Al volver la otra mejilla desarmas a tu enemigo. Te golpea en la mejilla y tú, con tu audacia moral, al volverle la otra mejilla, le golpeas en el corazón. La enemistad se disuelve y tu enemigo deja de ser. Te deshaces de tu enemigo al deshacerte de su enemistad... El mundo está a los pies del Hombre que tenía poder para devolver el golpe, pero que tuvo poder para no devolverlo. Eso es poder, el máximo poder”.

Algunas veces puede parecer que se consigue más hablando con palabras ásperas, devolviendo ojo por ojo y defendiendo los propios derechos. Estos métodos tienen cierta cantidad de poder. Pero el balance del poder está del lado del amor porque, en lugar de profundizar la hostilidad, el amor transforma a los enemigos en amigos.